El primero maneja y piensa
en su hijo, que se recupera en el Darío Contreras de una caída en un setenta. “Esa
maldita doctora quería cortarle la pierna, azarosa”. A su lado, otro hombre
mira el celular buscando la foto que le mandó la querida. Ella, en unas tangas
que se han desaparecido entre dos majestuosas protuberancias, pareciera que lo
mirara de frente y dijera “ven a comerte esta diosa caribeña mi negro, y deja esa tierrita que
tienes en casa”. De los que van atrás, uno peina las calles con una mirada
ausente, queriendo no llegar al trabajo que odia. “Esto de ser guachimán no es
para mí”. El otro piensa en el vecino que le prestó dos mil pesos, y se
pregunta, “¿cómo carajos le voy a pagar si no tengo en qué caerme muerto?”.
Cuatro hombres y un
silencio se desplazan hacia la ciudad. El viento entra por las ventanas
arremangadas con cables soplando memorias Kafkianas en las cuatro miradas.
Santo Domingo yace más allá de las penumbras, como un bosque húmedo que espera
a sus presas, que aúllan y maúllan, que gruñen y ladran hasta que pierden el
conocimiento, o mejor dicho, el conocimiento de que un día nacieron y desde
entonces solo vagan sin rumbo por una ciudad sin fe ni piedad.
Cuatro hombres y un silencio se desplazan hacia la ciudad. Un camión los arremete de frente, y por un momento el silencio se pierde, aunque después regresa y se hace más fuerte.
Cuatro cuerpos y un silencio, y entre ellos, la eternidad. Una ciudad que desaparece, y otra que nace mas allá.
Cuatro hombres y un silencio se desplazan hacia la ciudad. Un camión los arremete de frente, y por un momento el silencio se pierde, aunque después regresa y se hace más fuerte.
Cuatro cuerpos y un silencio, y entre ellos, la eternidad. Una ciudad que desaparece, y otra que nace mas allá.

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