Hoy no fluyas.
No te quedes
callado.
No te quedes inmóvil
velando como apabullan eso que amas.
No te quedes
fijo, mudo, estático como un cadáver lanzado al foso.
Hoy no mires
hacia abajo y pretendas que no viste nada, ni cierres tu
puño cuando tu hermano te aclama.
No te paralices,
no te detengas en la cúspide de la batalla cuando más que nunca se necesitan
tus palabras.
Hoy no te
drogues, no sucumbas a la inercia del tiempo, ni te extasíes en un rincón oscuro
escuchando tu voz extinguirse entre las sombras.
Hoy no cierres
los ojos, ni dejes que tu lengua se enrede en un nudo de plumas y calma.
Hoy no salgas a
la calle sino vas a gritar, ni veas a nadie sino vas a explotar, ni te escondas
en la frialdad de tu aparente indiferencia.
Porque hoy,
hermano mío, la voz del descontento retumba por doquier, y las alas de la rabia
oscurecen este último grito, que bramará la tierra con su fuerza y con su ahínco,
aclamando para siempre este glorioso renacer, despertando a un mundo nuevo que ya
busca florecer.
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